Carlos Corberán acabó el partido rendido y sentenciado. Mestalla ya le había mostrado su indignación por el juego, y la decisión de retirar del campo a Lucas Beltrán, el único jugador de su equipo con algo de inspiración, terminó de desquiciar a la afición. El técnico se fue a una esquina de la zona del banquillo y se quedó allí, asomado al precipicio, con los brazos cruzados mientras el público, harto y decepcionado, vaciaba el campo después del 0-2 de Mbappé. Unos pocos minutos para masticar la indignación de su gente. Luego se escuchó el pitido final, cruzó su mano con la de Álvaro Arbeloa y se fue raudo por el camino hacia el vestuario mientras dejaba a su espalda la ira y los pañuelos blancos que los aficionados agitaban sin que Corberán viera ya nada más que un futuro muy oscuro.