Fruto de la fe que en su nombre lleva, Federica Brignone logró el jueves la medalla de oro en el superG de la montaña de las Tofane sobre Cortina 315 días después de haberse roto cuerpo y alma en una terrible caída. Sonó el “blu dipinto de blu”, y el pálido gris de los Dolomitas ya sonrojado con el sol que descendía. El presidente de la República, Sergio Mattarella, bailaba a su ritmo y desde la cama del hospital, la destrozada pierna izquierda atenazada en una estructura exterior, y en recuperación tras tres operaciones quirúrgicas, Lindsey Vonn la felicitaba, quizás esperanzada imaginando su vida dentro de un año. Cuando se rompió la tibia y el peroné, y el cruzado, en su caída en Val di Fassa, ningún especialista pensó que la Tigresa Brignone volvería a andar, mucho menos esquiar. Fue abanderada en la inauguración de Cortina llevada a hombros por su compañero de curling Amos Mosaner, y cojeando llegó a la salida de su prueba. Brignone, veterana de 35 años, es la heroína de Italia en los Juegos de su país, pero en el resto del mundo es una nota al pie de página, un breve en una cobertura olímpica que a Kirsty Coventry, en busca de una estrella universal, emociona por otros baremos.