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¿Y si copiamos lo bueno?

La reforma laboral argentina y el temblor que le daría a la vieja estructura sindical boliviana, sería el mejor desafío que podríamos plantearnos los bolivianos.

Mientras en Bolivia seguimos discutiendo cómo sobrevivir con una economía que respira por tubos, en Argentina —sí, la Argentina que tanto nos gusta usar de ejemplo cuando se equivoca— han decidido tocar uno de los nervios más sensibles del sistema: el mercado laboral.

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La reforma impulsada por Javier Milei no es poesía. Es bisturí. Y donde hay bisturí, siempre hay gritos. Especialmente de aquellos que viven del dolor ajeno.

El proyecto —analizado ampliamente en medios como Infobae— introduce algo que en Bolivia suena casi revolucionario: flexibilidad real. Banco de horas. Indemnizaciones calculadas sobre salario habitual y no sobre una ensalada de conceptos inflados. Vacaciones fraccionables por acuerdo. Períodos de prueba ampliados. Fondos alternativos para desvinculaciones.

En síntesis: reglas claras, previsibilidad, menos discrecionalidad y más contrato. Ahora la pregunta incómoda: ¿Qué pasaría si algo así se intentara en Bolivia?

El temblor en la COB lo sentirían todos aquellos que vivieron, viven y pretenden vivir del sindicalismo corrupto que existe en nuestro país. Imaginemos por un segundo que el empleador boliviano pueda pactar un banco de horas con su trabajador sin que aparezca un “defensor laboral” a convertir el acuerdo en sospecha. Que una indemnización esté claramente definida por ley y no sujeta a interpretación creativa del inspector de turno. Que el Ministerio de Trabajo deje de ser un campo de presión y vuelva a ser un árbitro técnico.

¿Quiénes gritarían primero? Obviamente que la vieja estructura sindical representada por la Central Obrera Boliviana. Y no por defender al trabajador honesto —que existe y merece protección— sino porque perdería uno de sus instrumentos más eficaces: la amenaza.

En Bolivia hemos perfeccionado una extraña habilidad: convertir la mediocridad en derecho adquirido y la ineficiencia en bandera de lucha. Hemos normalizado lo perverso con una naturalidad casi admirable.

El trabajador conflictivo que no produce, pero sí organiza bloqueos con puntualidad suiza. El delegado sindical que pasa más tiempo en oficinas ministeriales que en su propia fuente laboral, como si su verdadero puesto estuviera en los pasillos del poder y no en el lugar donde le pagan por trabajar. El inspector que transforma cualquier observación administrativa en instrumento de presión, recordándonos que en este país un formulario mal llenado puede ser más letal que una auditoría seria.

Y todo, por supuesto, en nombre de la sagrada “defensa de derechos”. Porque aquí el derecho nunca viene acompañado de la palabra deber; esa quedó archivada en algún cajón polvoriento junto con la meritocracia.

Ah, y cómo olvidar la célebre Ley de inamovilidad laboral: ese escudo jurídico que terminó siendo más útil para blindar operadores políticos que para proteger verdaderas situaciones de vulnerabilidad. Una norma concebida para amparar al trabajador enfermo, pero convertida —con la creatividad socialista de siempre— en muralla de protección para padrinos, militantes y recomendados. Así, la enfermedad, a veces cuestionada y convenientemente prolongada, se transforma en contrato vitalicio financiado por el contribuyente.

El problema no es la ley. El problema es cuando la ley deja de ser instrumento de justicia y se vuelve herramienta de captura del Estado. Porque cuando proteger derechos se convierte en blindar privilegios, ya no estamos ante justicia social… estamos ante la institucionalización del abuso.

Derechos sí. Extorsión no. Es lo que se pide en este país de 12 millones de habitantes. No se trata de eliminar protección laboral. Se trata de distinguir entre protección y privilegio. Entre estabilidad y chantaje.
Hoy muchos empresarios —especialmente pequeños y medianos— no temen al trabajador. Temen al trámite.

Temen al supervisor. Temen a la interpretación ideologizada de una norma que debería ser técnica.
Una reforma inspirada en el modelo argentino introduciría tres cambios que pondrían nerviosos a más de uno: Previsibilidad en costos laborales; Negociación directa empresa–trabajador con reglas claras: Reducción del margen discrecional del Ministerio de Trabajo.

Y ahí está el punto neurálgico: menos discrecionalidad es menos poder político. Y menos poder político es menos capacidad de presión.

El mito de que flexibilizar es esclavizar debe ser desterrado de nuestra cabeza. No todo cambio laboral es colonialismo ni todo ajuste es opresión. Seguir repitiendo el cuento de los “500 años” como argumento automático ya no es conciencia histórica; es comodidad ideológica. La narrativa fácil dirá que esto es “neoliberalismo salvaje”. La palabra mágica que todo lo cancela. Pero la realidad es más simple: sin empleo formal no hay derechos que defender.

Bolivia necesita empleo privado sostenible. Necesita inversión. Necesita que contratar no sea una ruleta rusa jurídica. Si cada relación laboral termina con amenaza de demanda, presión sindical o inspección selectiva, el mensaje al empresario es claro: “mejor no contrate”.

Y así seguimos ampliando la informalidad mientras defendemos un sistema que, en teoría, protege al trabajador. ¿Estamos listos para ese debate?

Adaptar algo similar a lo que intenta Argentina no es copiar y pegar artículos. Es cambiar cultura. Es decirle a la Central Obrera Boliviana que su rol es representar, no extorsionar. Es decirle al Ministerio que su función es arbitrar, no presionar.

Y eso, en Bolivia, es casi revolucionario. Porque cuando el poder sindical pierde margen de chantaje, pierde también relevancia política. Y ahí empieza la verdadera resistencia.
Tal vez la pregunta no sea si podemos adaptar una reforma laboral moderna. Tal vez la pregunta real sea: ¿Estamos dispuestos a dejar de usar la ley laboral como herramienta de presión y convertirla en instrumento de desarrollo?

Porque el día que eso ocurra, no solo temblará la estructura sindical. Temblará todo un modelo que aprendió a vivir del conflicto. Y cuando tiemblan los privilegios, curiosamente, se escuchan más gritos que cuando falta empleo. Ahí está el verdadero debate.

 

(*) Alberto De Oliva Maya es escritor y analista político

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