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Alta cultura vs. Baja cultura

En tiempos milenaristas las fronteras entre las culturas se evaporan. Hace poco, la división entre la alta cultura (las Bellas Artes, la música selecta, la literatura canónica, el Partenón, etc.) y la baja cultura (el folclore, el pop, el entretenimiento de masas, los cholets, etc.) funcionaba como un muro de contención social. Ahora, en ese muro hay grietas por donde fluyen gustos y colectividades.

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Para entender estos fluidos mencionaré algunos clásicos. Pierre Bourdieu, argumentaba que el gusto no es un acto inocente. La alta cultura lo usaba como capital cultural, una forma con la que las élites se reconocían entre sí y excluían a los demás. La difusión mediática de esa segregación genera el capital simbólico que, dicho sea de paso, subvenciona a los medios. Por otro lado, la Escuela de Frankfurt criticó la emergente cultura de masas. Para ellos, el cine de Hollywood o el jazz de la época eran productos estandarizados diseñados para adormecer a las masas y evitar el pensamiento crítico. Desde su perspectiva, la diferencia era vital: la alta cultura libera, la baja cultura domestica (una afirmación que los académicos repiten salivando). Siguiendo a Eco, los Apocalípticos, ven a la cultura de masas –como Bad Bunny– como la caída de la civilización y el fin del arte verdadero. Los Integrados, por el contrario, celebran la democratización del acceso a la cultura a través de los medios masivos.
Va otro dato: somos omnívoros culturales. Podemos tragar productos tanto de la alta cultura (el esfuerzo, la técnica depurada y la profundidad del mensaje), como de la baja cultura (la conexión inmediata, el “día a día” o la chabacana identidad colectiva). A diferencia de la vieja aristocracia, sectores de la élite actual demuestran estatus consumiendo de todo: van a una gala de la Filarmónica y luego corean dame más gasolina en una fiesta. Hoy en día, ser un pasapasa cultural es conveniente y también rentable.

Bad Bunny es, probablemente, el caso de estudio más fascinante de esta década. Es la representación del triunfo de la civilización del espectáculo, mediatizado y domesticado por el capitalismo global: la preeminencia de la imagen sobre la palabra, la simplificación del lenguaje, el hedonismo facilón e inmediato; síntomas inequívocos de una sociedad que ya no busca la trascendencia. A pesar de ello, Benito es objeto de estudios universitarios en importantes academias por la empatía que genera su mensaje identitario y subversivo –esta emergencia plebeya es síntoma de la claudicación de la política tradicional ante nuevas prácticas estéticas–. Ahora enfilas conciencias con: identidad bailable, resistencia barrial, masculinidad líquida, todo un mensaje político balbuceando un idioma. Entender su estética camp, su juego con el género, y su impacto es comprender el nuevo tipo del capital cultural y simbólico. Si las élites usaron la alta cultura para distanciarse del pueblo, Benito hace lo contrario: usa los códigos de la baja cultura para invadir los espacios de las élites. Aunque no llega a todos. Menos a los espacios impenetrables e indómitos como son: los esencialistas andinos, los teocratas iraníes o los supremacistas del KKK.

Con muchos años encima prefiero a Silvio. Pero, el caballo de Troya de la cultura popular que irrumpió en el castillo de la alta cultura global, es un cantante boricua de una isla del tamaño del área metropolitana de La Paz y alrededores. Y, en una torre de ese castillo, está encerrada la academia del buen gusto escuchando azorada como en los salones principales todes ya bailan perreo.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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